miércoles, 19 de octubre de 2011

No podía ser peor


-    Apellidos.
-    Castaño
-    ¿Qué más?
-    Andrés
-    ¿Fecha de nacimiento?
-    5 de junio de 1979.
-    ¿Padres?
-    Dos
-    ¡Claro que dos, gilipollas, te pregunto cómo se llaman!
-    Dolors… Bueno, Dolores y Paco.
-    ¿Tienes hermanos?
-    No, soy hijo único.
-    Por eso…
-    ¿Por eso qué?
-    ¡Por eso eres así de idiota, tonto del culo! Si tuvieras un hermano mayor ya te habría metido una buena paliza. Estarías en una silla de ruedas y no harías las gilipolleces que vas haciendo por ahí. ¡Llévatelo!

El segundo policía obedeció, agarró al detenido por el brazo y lo condujo hasta la celda de la comisaría. El Castaño estaba hecho polvo, con el cuerpo lleno de magulladuras, sintiéndose un perfecto acabado. En ningún momento había imaginado que las cosas podían terminar de esa manera… pero sí, al parecer, podían.


Todo había empezado el miércoles por la noche después de gastarse lo-que-le-quedaba-para-pasar-el-mes tomando birras con los cuatro amigos de siempre. A golpe de caña, la conversación se había ido degradando hasta alcanzar uno de esos momentos en que cada cual saca lo mejor de sí mismo. El López, para variar, sugería ideas que era mejor no escuchar pero que rápidamente animaban a todos.

-    ¿Por qué no montamos un chiringuito en el Caribe y nos dedicamos a vender mojitos y a vivir de puta madre tomando el sol? ¿Eh? ¿Qué me decís? Si queréis nos pillamos alguna putilla de esas baratas que hay al otro lado del charco para que nos vaya haciendo favores y a correr…
-    No hay putas baratas en el Caribe – aseguró el Iván.
-    ¿Qué coño sabrás tú si no has estado nunca?- insistía el López.
-    Bah, allí se aprovechan de los guiris, eso es así, lo sabe todo el mundo.
-    Yo creo que nos forramos antes si atracamos un banco.

Por supuesto, Marc no lo decía en serio, pero el López reaccionó como si lo estuviera considerando.

-    ¡Eso Marc! ¿Tú de bancos controlas, no? Sabes cómo son por dentro y tal…
-    Nos disfrazamos de conejos como en la peli aquella…
-    No eran conejos, eran presidentes de los EEUU.
-    Bueno, es igual. Nos disfrazamos y punto.
-    Eso, que da más miedo.
-    ¿Tú qué dices Castaño? ¿Te rajas?

El Castaño no había abierto la boca, no porque se rajara sino porque la borrachera le impedía seguir el ritmo de la conversación.

-    Vale, lo que queráis.

Todos se rieron de él.

-    ¿Qué pasa Castaño, te duermes?
-    ¿Quieres que te cantemos una nana? ¿Llamamos a mamá?

El López, como siempre, era el más cabrón… 

-    A ver, vamos a pensar en algo que esté a tu altura, que a ti un banco se te queda grande…
-    ¡Qué gracioso! Habría que ver los huevos que le echarías tú a la hora de la verdad. 

Podría parecer que Castaño se estaba rebotando pero no, conocía demasiado bien al López como para cabrearse por algo así. Además, si se cabreaba, el López se emocionaría y todavía sería peor.

-    Algo de tu medida… ¿por qué no le robas las joyas a tu mamá? Uy, uy… ¡Qué miedo! ¡Si te pilla, te perseguirá con la escoba!– todos se rieron y comentaron la ocurrencia del López.
-    Eres un imbécil…

El Castaño levantó la jarra brindando por el imbécil del López y agotó el líquido que quedaba en ella. Después se levantó, cogió la chupa, insultó un par de veces más a sus amigos y se largó de allí.

Las cosas como son. El Castaño llegó a casa medio deprimido y totalmente borracho así que, al meterse en la cama, empezó a darle vueltas a la cabeza, literal y metafóricamente hablando. Estaba en las últimas, solo, sin un duro, hacía 4 días que tenía que haber pagado el alquiler y, lo peor de todo, no tenía trabajo. A la mañana siguiente, cuando se levantase, no sabría qué hacer con su vida… Pero por suerte, era jueves y los jueves le tocaba ir a comer a casa de sus papás.

Aquel jueves el Castaño llegó con una resaca importante. Dolors había preparado un sopa y Paco le esperaba sentado en la mesa, con la tele encendida. Mientras comían, Dolors trató de averiguar cómo le estaban yendo las cosas a su hijo pero el Castaño esquivó el tema con un “Ssshhh… No oigo las noticias”. A partir de ese momento, todos se centraron en la sopa y en la rabiosa actualidad.

El silencio de sus progenitores hizo que al Castaño se le disparasen las ideas. Tal vez el López no iba tan mal encaminado… Tal vez había alguna solución que no hiciese mal a nadie y que, sin embargo, le ayudase a salir del bache… Tal vez…

A las cuatro menos cuarto, sus padres marcharían a trabajar así que a las tres y media el Castaño bostezó con mucho ruido, se acomodó en el sofá y cerró los ojos. Puntualmente, a las cuatro menos cuarto oyó cómo su madre decía “Déjalo, que está dormido”. Segundos más tarde, la puerta de la entrada se cerraba con suavidad.

El Castaño se puso en pie. Miró a su alrededor e imaginó cómo se desarrollarían los hechos… Llamarían al timbre. Él abriría la puerta. Entonces, uno de los asaltantes se abalanzaría sobre él. Él trataría de quitárselo de encima y se pelearían por el pasillo pero entre los dos conseguirían reducirlo. Le atarían las manos, le sentarían en el sofá. Uno se quedaría amenazándole con un cuchillo y, mientras tanto, el otro robaría las joyas de su madre… Puerta, pasillo, manos, cuchillo y joyas. Bien, lo tenía claro.

El Castaño se acercó a la entrada y a partir de ese punto fue golpeándose violentamente contra la pared hasta llegar al salón. Allí se movió con fuerza como si luchara contra el hombre invisible. Fruto de la pelea, tiró un jarrón, rajó un cuadro y se abrió una brecha en la cabeza contra la mesa del comedor. Después se centró en manosear el contenido de todos los cajones. De uno de ellos, extrajo un hilo de pescar con el que se rodeó las muñecas hasta dejar marca. Acto seguido fue a la habitación de sus padres. Procedió con el armario tal y como había hecho con los cajones de manera que la ropa quedó desperdigada por toda la estancia. Finalmente, se acercó a la cómoda, abrió el joyero y cogió todos los anillos, broches, collares y pulseras que había en el interior. Los metió en el fondo de su mochila asegurándose de que no podrían verse a simple vista. Luego se sentó en el sofá y llamó a la policía.

-    ¿Dónde estaba usted?
-    En el sofá, durmiendo.
-    ¿Llamaron directamente aquí, al piso, o primero llamaron por el tele-portero?
-    No, no, llamaron directamente al piso. 

Mientras un agente registraba la casa, el otro le interrogaba. El Castaño respondía con total seguridad. 

-    Llevaban identificaciones de Seur y venían con un paquete en la mano así que abrí la puerta sin dudar. – siguió el Castaño.
-    ¿Podrías describir a los dos sujetos?
-    Sí, pues como les he dicho, uno era más bien bajito, pero fuerte y el otro alto… no tan fuerte.
-    ¿Podría describirlos con más detalle? A ver, empiece por el bajito.
-    El bajito… sí claro, pues era moreno, llevaba un poco de perilla, una camisa de cuadros marrón… - el Castaño se quedó callado unos segundos al darse cuenta de que estaba describiendo al López. – No, no era perilla, era más bien barba, barba de dos, tres, cinco días.

El policía alzó la vista para mirar al Castaño fijamente. El Castaño, se acojonó.

-    ¿De dos días o de cinco?
-    ¿El qué?
-    La barba.
-    De cinco, yo diría que de cinco.
-    ¿Algún rasgo que sobresaliera por ser algo fuera de lo normal?
-    Mmmm… no, diría que no.
-    ¿Y el alto?
-    El alto tampoco.
-    Descríbalo.
-    Sí, era alto, de corpulencia normal, como la mía, pelo corto, normal, moreno y llevaba una camiseta negra.
-    ¿Raza?
-    Normal.
-    Blanca, querrá decir.
-    Sí, sí. Como tú y como yo, vaya.
-    ¿Algún rasgo…?
-    Nada. – interrumpió el Castaño.- Un tipo normalito, normalito.

En ese momento, Dolors y Paco aparecieron en el piso. Dolors se asustó al ver la herida que su hijo tenía en la cabeza, Paco parecía más preocupado por el desorden que presentaba la casa. Mientras el Castaño explicaba a sus padres lo que había ocurrido, los dos policías tomaron algunas fotos y acabaron de anotar todo lo que faltaba. También pidieron a la familia Castaño que estuvieran pendientes del teléfono ya que se pondrían en contacto con ellos cuando tuvieran alguna novedad. Después se despidieron pero antes de salir, el policía que había interrogado al Castaño se volvió hacia él.

-    Una pregunta: ¿cómo se ha hecho las marcas que tiene en las muñecas?
-    Ah, me inmovilizaron con hilo de pescar.
-    ¿Cuánto tiempo estuvo inmovilizado?
-    Todo el rato.

Dolors vio las marcas que tenía su hijo en las manos y pegó un grito.

-    Dios mío, hijo. ¿Qué te han hecho?
-    Está bien. – dijo el policía. – Estén atentos al teléfono.

Paco aseguró que así sería y los policías se fueron de allí.

Después de consolar a sus padres y ordenar el piso, el Castaño cogió un autobús. Conocía una tienda en el pueblo de al lado donde pudo vender la mitad de las joyas. Eso le permitió irse a la cama con cargo de conciencia pero también con 3000€ más. El seguro lo cubriría y todos saldrían ganando… pensó… y aquel pensamiento le permitió cerrar los ojos y dormir en paz.

Cuatro días más tarde, la intranquilidad llamó a su puerta. Al abrir, se encontró a los dos policías.

-    No se mueva. – pidió el poli que le había interrogado. – Así es como se encontró a sus asaltantes, ¿no es cierto?
-    Así es.- afirmó el Castaño.
-    Me he fijado que usted ha mirado por la mirilla antes de abrir… ¿Podemos pasar?
-    Claro.

El Castaño condujo a los agentes hasta el salón.

-    Tiene esto un poco vacío…
-    Es lo que da de sí el sueldo de camarero…
-    Ah, ¿es camarero?
-    Periodista, pero trabajo de camarero. Bueno, ahora mismo no, es una mala racha… ¿Quieren algo?
-    No, no, sólo hemos venido a hacerle una pregunta.
-    Ajá, digan.
-    Me quedé dándole vueltas el otro día… Dijo usted que le habían atado las manos con hilo de pescar.
-    Sí.
-    ¿Fuerte?
-    Bastante.
-    Tendría que ser muy fuerte para las marcas que tiene…
-    Sí, ya le digo, bastante fuerte.
-    ¿Le ataron con las manos delante de usted o detrás?
-    Detrás.
-    ¿Y dijo usted que le dejaron atado todo el rato?
-    Sí, mientras uno cogía las joyas, el otro me apuntaba con un cuchillo. Yo tenía las manos atadas y, en fin, cuando ya tenían las joyas se marcharon.
-    Sin más.
-    Sí, sin más.
-    ¿No le soltaron las manos?
-    No.
-    Entonces… ¿cómo pudo usted marcar el 112?
-    ¿Cómo?
-    ¿Que cómo pudo marcar el 112 si tenía las manos atadas?
-    Ah… - el Castaño titubeó.- Me las solté yo.
-    ¿Sabe? –dijo el policía mientras sacaba sus esposas- No, no sabe, claro que no. Se lo explicaré: es realmente difícil soltar un hilo de pescar cuando uno tiene las manos atadas detrás, en su espalda, y más considerando que el hilo, tal y como usted acaba de declarar, estaba atado “bastante fuerte”. Ciertamente ése sería dato suficiente para saber que usted ha mentido, aunque  también es cierto que yo tendría que argumentarlo bien en mi informe... Pero resulta que no ha sido necesario. ¡Me lo ha puesto usted muy fácil!
-    Claro, ésa era mi intención, señor agente. Todo lo que pueda hacer para ayudar en la investigación…
-    Y ha ayudado, hijo, ha ayudado. Es usted muy fotogénico.

Al Castaño empezaron a temblarle las bolas… de las pantorrillas.

-    De verdad, quedó muy bien retratado… - el policía cambió su sarcasmo por la absoluta seriedad- Quedó muy bien retratado por la cámara de seguridad de la tienda en la que vendió las joyas. Y eso me lo ha puesto muy fácil porque no deja ninguna duda de que usted es el ladrón. Así que vamos a detenerle ahora mismo mientras mi compañero le lee sus derechos. Por favor, si es tan amable de darse la vuelta… Voy a esposarle con las manos en la espalda… y esta vez, va a ser de verdad.


Y de esta manera tan extraña y peculiar es como el Castaño había llegado hasta aquella celda acusado de simular un delito, algo que sus padres habían acabado de confirmar cuando los agentes les mostraron las joyas y ellos las reconocieron como propias.

Ahora al Castaño, le dolía más que el cuerpo, el orgullo. Sin duda, estaba siendo una muy mala racha… pensó. Las cosas no podían ir peor… De repente, oyó una risita que le sonó familiar.

-    Chss, chss… ¡Castaño!

El Castaño se acercó a los barrotes y buscó en el vestíbulo exterior. Cuál fue su sorpresa al ver en primera fila, junto a sus padres y al policía que le había detenido, al Iván, al Marc y al López…

-    ¿Qué haces ahí dentro, mamón? ¿Lo has hecho sin nosotros? ¡Te vamos a hostiar cuando salgas, por capullo! Mira que robar el banco sin nuestra ayuda… ¡Ah, no, un banco no! ¡Que al final le has robado a mamá!

Y los tres se partían de risa… Ahora sí, pensaba el Castaño… ¡No podía ser peor!


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domingo, 16 de octubre de 2011

Cuando Eva probó la manzana

Tomaba vermut, sentada en la barra del café Munich, mientras ojeaba el periódico. “El mundo despide a Jobs como el empresario más global y adorado”… A Eva no le estremecía la noticia lo más mínimo y no podía comprender por qué la gente se comportaba como si hubiese muerto una estrella del rock. Aunque ella nunca había sido fan de nada ni de nadie, entendía que las adolescentes se enamorasen platónicamente de sus ídolos de la tele… Ahora bien, que adultos como ella perdieran los papeles por un empresario, no le entraba en la cabeza.

Eva cerró el periódico y miró el reloj. Había pasado casi media hora y Marina aún no había llegado. Como cada viernes, habían quedado para su ya clásico tour de compras por el centro de la ciudad. A Eva empezaba a cansarle la obligación de hacerlo todas las semanas pero Marina se mostraba tan entusiasta que siempre acababa por convencerle.

-    ¿Hoy no viene su amiga, señora Eva?
-    Es extraño, ya debería estar aquí…

Mario, el camarero venezolano, se estaba convirtiendo en la primera fase del ritual de los viernes. Marina y ella llevaban meses quedando en el mismo café y Mario, siempre tan servicial, les ofrecía un poco de conversación… “¡Qué guapa viene hoy señora Marina!” “Le sienta bien el color rosa señora Eva…” “¿Por dónde irán de compras esta mañana?” “¿Quieren que les preste un paraguas?”… Mario resultaba muy halagador y Eva sabía cuál era su secreto: se fijaba en los detalles. Apreciaba sutiles cortes de pelo, pequeños cambios en el tono del pintalabios y los centímetros de más que probaba a llevar en sus tacones. A sus 49 años de edad, Eva sabía lo poco habitual que era encontrar un hombre como él, un hombre que se fijase en los detalles y, la verdad, no había mejor manera de empezar un tour de compras que sintiendo la admiración de un chico joven…

-    ¿Ha intentado llamarle? Igual le ha pasado algo…
-    Yo no tengo móvil, Mario, tanta tecnología no es para mí.
-    Pues le salva a uno la vida… Fíjese, si tuviera un celular, podría saber dónde está la señora ahorita mismo.
-    Sí, quizá.

Eva estaba empezando a impacientarse, así que dejó una nota en el bar por si aparecía Marina y se largó de allí.
Ya en el exterior, miraba hacia las Ramblas mientras se colocaba sus grandes gafas de sol. Sólo faltaban dos semanas para su cumpleaños y tal vez era un buen momento para comprarse el regalo. Empezó a andar…

El autorregalo era la forma que había encontrado para encarar el solitario 23 de octubre con un poco más de alegría. Como si se tratase de los Reyes Magos, la noche anterior colocaba el paquete sobre la mesa del comedor y esperaba a la mañana siguiente. Era una delicia levantarse, preparase el desayuno y abrir con cuidado el envoltorio sabiendo que a partir de ese momento podría disfrutar de aquel maravilloso objeto. Eso sí, debía ajustarse a una serie de reglas: tenía que ser caro, tenía que ser algo que no se compraría cualquier otro día y debía tener cierto aire de glamour.

Eva iba caminando entre las callejuelas del Born recordando lo que se había autorregalado los años anteriores: un anillo de diamantes de los años 20, un cachorro de pastor australiano que bautizó con el nombre de Ausie, un abono para el Liceo y un chal bordado a mano que sólo se ponía en ocasiones especiales. Pero este año no tenía ni idea… ¡Iba a cumplir 50 años y no sabía qué comprar!

De repente, un escaparate le llamó la atención. En un pedestal, presentado como un gran objeto de deseo, había uno de esos elegantes teléfonos con una manzana plateada en el dorso. Eva se quedó mirándolo ensimismada. ¡Qué lejos estaba ella de aquel objeto! ¡Cuántas veces lo había rechazado, cuánto se había negado a adentrarse en ese mundo tecnológico que ahora estaba por todas partes! No conocía a nadie como ella… a nadie que no tuviese teléfono móvil. Pero ese rasgo que hasta entonces le había hecho sentirse diferente… sexy, ahora le estaba hundiendo en sus arrugas, haciéndole sentir vieja, carca y fuera de juego.

A través de un impulso descontrolado entró en la tienda y se compró el maldito aparato. El encargado estuvo casi tres cuartos de hora hablándole de todo tipo de aplicaciones e instalándole aquellas que no-le-podían-faltar: una para chatear, otra para encontrar cualquier cosa que se hallara a su alrededor, otra para llamar gratis, otra para hacer fotos con un look antiguo… Eva sólo pretendía utilizarlo para llamar y mandar mensajes pero, aún así, trató de captar al máximo lo que le explicaba aquel encargado. ¡No quería llevar encima un trasto como ése y parecer idiota por no saber cómo usarlo!

Al llegar a casa, Eva se dedicó a traspasar todos los contactos acumulados durante años en una polvorienta agenda de papel a aquella máquina de pantalla táctil. Acto seguido, les envió a todos un mensaje diciéndoles que era Eva Beltrán y ése su nuevo número de teléfono.

Pues sí… Ella era Eva Beltrán a punto de cumplir los 50… ¡Un chollo de mujer!, se recriminó mirándose en el espejo. Nunca había sentido la carga de la edad hasta ese momento. Siempre se había considerado una persona feliz y, lo más importante, joven de espíritu. Quería seguir viajando, conociendo nueva gente, disfrutando de las mañanas soleadas y los baños fríos en la Barceloneta en pleno mes de octubre. Sin duda, era una mujer activa y optimista y, tal vez por eso, solía rodearse de personas más jóvenes que ella… Como Marina. Eva volvió la vista hacia su nuevo teléfono inteligente. Era muy extraño que su amiga no hubiese dicho nada todavía. Probó a llamarle desde el móvil… En el fondo, le hacía ilusión estrenarlo.

Eva pulsó el contacto de Marina, se llevó el móvil a la oreja y volvió a mirarse al espejo. Por un instante, sintió que aquel gesto le quitaba 15 años de encima… El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura en estos momentos. Por favor, inténtelo de nuevo más tarde. ¡Tanta historia para esto! Eva estaba traicionando las reglas de su cumpleaños y, encima, no estaba consiguiendo nada, así que metió el móvil en su caja, lo envolvió con papel de flores y lo guardó en la mesilla de noche donde debía permanecer hasta el 23 de octubre.

Pasó toda la tarde pendiente de Marina. Le llamó una y otra vez al móvil y a casa, a casa y al móvil… Pero nadie contestaba al otro lado. Eva estaba realmente preocupada pero no sabía qué más podía hacer… no conocía a ningún familiar ni amigo así que, al caer la noche, se acostó e intentó descansar.

Ti-ru-ri. Eva estaba completamente dormida. Ti-ru-ri. Pero algo sonaba… ¿Provenía de sus sueños? Ti-ru-ri. No, venía de dentro de la habitación. Eva abrió lo ojos. Ti-ru-ri. Estaba sonando su nuevo móvil… ¡Cómo había sido tan tonta de guardarlo encendido! Ti-ru-ri. Sacó el paquete del cajón de la mesilla… Vibraba… Ti-ru-ri. No quería abrir el regalo y saltarse todo el ritual que había preparado para dar la bienvenida a los 50… Ti-ru-ri. El móvil no dejaba de sonar y tal vez se trataba de Marina… Sí, tenía que ser Marina. Eva rompió con ansiedad el papel de flores, extrajo el teléfono pero cuando quiso contestar vio que nadie le estaba llamando. Ti-ru-ri.

El teléfono se iluminó y en la pantalla apareció un mensaje. “alejandro @ Te echo de menos: Si pudiera verte otra vez…” Eva no entendía absolutamente nada. ¿Alejandro? ¿Alejandro, su ex? ¿Lo estaba viendo bien? Ti-ru-ri. “alejandro @ Te echo de menos: Siento ser tan directo, espero que no te moleste” ¿Directo? Pero… ¿desde dónde le estaba escribiendo? ¿Qué botón tenía que apretar? Eva se estaba poniendo demasiado nerviosa. Dejó el móvil en la cama y fue a lavarse la cara con agua fría. Lo oía sonar una y otra vez.

Eva buscó en la mesilla de noche y por fin encontró las gafas. Ti-ru-ri. “alejandro @ Te echo de menos: Por favor, cuando leas esto dime algo.” Sentada en la cama, con las lentes apoyadas en la punta de la nariz, Eva se debatía con el móvil intentando, de una vez por todas, doblegarlo según su voluntad. Finalmente, encontró la manera de desbloquear el aparato. Luego buscó entre los iconos que aparecían en la pantalla, abriéndolos de uno en uno, y al fin halló el que buscaba… WhatsApp. Sólo entonces pudo leer todo lo que Alejandro, su ex, le había escrito.

Hola Eva. ¡Cuánto tiempo!
¿Te acuerdas de mí? Espero que sí, que no te hayas olvidado
Yo no me olvido de ti
Tengo que decírtelo: pienso mucho en tu
En ti, quería decir.
Pienso cada día
Si pudiera verte otra vez…
Siento ser tan directo, espero que no te moleste.
Es la edad…
No tengo mucho tiempo para andar perdiéndolo ;)
Por eso quiero verte lo antes posible.
Por favor, cuando leas esto dime algo.

Alejandro aparecía en la noche como un fantasma… Eva se sentía agotada, incapaz de soportar semejante retahíla de sinceridad digital fuera de tiempo. Habían pasado 6 años desde que se vieron por última vez… la última noche que hicieron el amor… Habían roto por él y por otra mujer… otra mujer que se había colado entre los dos. Eva había dicho que no quería una relación de tres y Alejandro y ella no se habían vuelto a ver nunca más. Ahora aparecía en la oscuridad para perturbar su sueño.

Ausie le despertó a las 6 de la mañana lamiéndole la cara. Había dormido fatal y se sentía muy cansada, pero le esperaba un intenso día por delante y no pensaba desperdiciarlo. Eva dedicaba los sábados a una de sus mayores pasiones… navegar. Tenía un pequeño barquito, lo justo para ella y para aquellos que invitaba cuando se atrevía a proponer “algo íntimo”. Pero aquel sábado saldría sola, lo necesitaba. Desayunó, preparó las dos bolsas de rigor y, después de dudar unos segundos, cogió el móvil para estar disponible si llamaba Marina. Se estaba cargando el ritual que tanto agradecía el día de su cumpleaños pero consideró que, dadas las circunstancias, Marina era más importante.

Aquel sábado amaneció precioso y Eva se sentía feliz… Ausie y ella, solos en el mar… no podía pedirle más a la vida, tenía lo que siempre había soñado: paz.

Eva iba sintiendo la velocidad con el vaivén del barco cuando sonó el móvil. ¡Marina! ¡Ya se le había olvidado! Tardó unos segundos en reducir la marcha y apagar el motor. Cuando quiso contestar, el móvil dejó de sonar. Sí, era ella. Eva marcó su número e intentó devolverle la llamada, pero el móvil de Marina comunicaba. Eva lo intentó en vano varias veces hasta que, resignada, se sentó en cubierta a tomar el sol. El tiempo pasaba mucho más despacio en alta mar… pensó. De repente, el móvil volvió a sonar. No era Marina, esta vez se trataba de su hermano Juan.

-    Hola. (…) Sí, tengo móvil. (…) No, no puedo ir a por mamá, he salido a navegar. (…) Te tocaba a ti Juan, no me vengas con esas. (…) A ti no te parece importante pero para mí sí lo es, necesito estar tranquila y sola. (…) Juan, te voy a colgar… (…) Te cuelgo, te cuelgo Juan. Adiós.

Lo que más rabia le daba a Eva era que su hermano le tachase de egoísta. Ella cuidaba de su madre de lunes a jueves y Juan de viernes a domingo. La mayoría de fines de semana, como este mismo, a Juan se le presentaban cosas más importantes que hacer y acababa dejando a su madre sola en la residencia. ¡Y encima le tachaba de egoísta! 

Ti-ru-ri. Agotada, Eva sacó las gafas de la bolsa y leyó el mensaje. “alejandro @ Te echo de menos: ¿por qué no dices nada?”  

Se encontraba a 5 millas de la costa, sola en mitad de una inmensa balsa azul y el fantasma de su ex le recriminaba su silencio. 

Ti-ru-ri. “alejandro @ Te echo de menos: ¿Todavía me culpas?”

-    ¡Oh, por favor, no me vengas con sandeces! – lo había dicho en voz alta sin darse cuenta.

“alejandro @ Te echo de menos: Si hubieses sido más comprensiva y más atenta, te habrías dado cuenta de que lo nuestro podía haber tenido algún futuro…” 

Si hubieses, si hubieses… Renegó Eva para sus adentros… 

“alejandro @ Te echo de menos: supongo que estás ahí pero no quieres hablarme” 

Eva empezó a buscar desesperadamente un cigarrillo por todos los rincones del barco. 

“alejandro @ Te echo de menos: aún recuerdo tus ojos verdes…”

Eva no daba crédito… Desde luego, si fuese como Mario, el camarero venezolano… ¡sabría que los tenía marrones! Por fin encontró el paquete.


Ti-ru-ri. Eva miró la pantalla de reojo mientras se encendía el camel. “alejandro @ Te echo de menos: no vas a contestar?”


Eva expulsó el humo como si le estuviese quemando por dentro.


“alejandro @ Te echo de menos: ¿No vas a contestar? Es igual, no hace falta que nos volvamos a ver. Puedes seguir sola y amargada.”


Eva soltó una carcajada de indignación e incredulidad…¡Ja! Sola y amargada… ¿De dónde había sacado su ex aquella idea? En primer lugar: ¿cómo sabía que estaba sola? Y en segundo: ¿por qué cometía el error de creer que estaba amargada? ¿O tal vez lo estaba? ¿Lo estaba?


Ausie le sacó de la nebulosa de pensamientos que empezaba a formarse en su cabeza acercándole una salchicha de juguete con la boca. ¡Venga, a navegar! Eva se sentía decidida a no prestar atención a su ex, iba a borrarlo de su mente, a disfrutar del día. Encendió el motor del barco y lo puso en marcha. Ausie, en proa, se dejaba acariciar por el aire salado del mar. Eva cerró los ojos y llenó todo lo que pudo sus pulmones… Cuando llegasen a la altura de Calella se darían un baño… Sí… Estaba sola pero no amargada. Nunca lo había estado, ella sabía disfrutar de la soledad, era lo que había elegido, lo que realmente deseaba en su vida. El fantasma de su ex no lograría hacerla titubear… Aquél maldito aparato… Eva sonrió para sí… ¡No lo necesitaba! ¡No lo quería! ¡Era más libre sin él! Eva agarró el móvil, dispuesta a tirarlo al mar, cuando volvió a sonar. 


-    ¿Sí? (…) Sí, soy yo. (…) ¿Cómo? (…) De acuerdo, lo siento muchísimo. (…) Le he estado llamando… (…) Sí, sí, claro… ¿El tanatorio de Les Corts? (…) Sí, claro, allí estaré. Hasta mañana.

Eva tuvo que sentarse para que las piernas no le fallasen. Con 20 años menos que ella, Marina lo había perdido todo. Probablemente, pensó, mientras ella se compraba aquel maldito aparato, su amiga salía sin mirar al asfalto de la Gran Vía… Como si le estuviese cayendo un rayo, Eva visualizó a Marina corriendo para llegar a su cita… una cita a la que llegaba tarde… una cita con ella, Eva, una mujer a punto de los 50 que se resistía a comprar un móvil para sentirse diferente… sexy. A Eva le ardía el cuerpo ante la evidencia….Si en aquel momento hubiese tenido el teléfono, Marina le habría podido avisar… Entonces habría caminado con más calma… la suficiente para mirar a la izquierda antes de cruzar.