domingo, 16 de octubre de 2011

Cuando Eva probó la manzana

Tomaba vermut, sentada en la barra del café Munich, mientras ojeaba el periódico. “El mundo despide a Jobs como el empresario más global y adorado”… A Eva no le estremecía la noticia lo más mínimo y no podía comprender por qué la gente se comportaba como si hubiese muerto una estrella del rock. Aunque ella nunca había sido fan de nada ni de nadie, entendía que las adolescentes se enamorasen platónicamente de sus ídolos de la tele… Ahora bien, que adultos como ella perdieran los papeles por un empresario, no le entraba en la cabeza.

Eva cerró el periódico y miró el reloj. Había pasado casi media hora y Marina aún no había llegado. Como cada viernes, habían quedado para su ya clásico tour de compras por el centro de la ciudad. A Eva empezaba a cansarle la obligación de hacerlo todas las semanas pero Marina se mostraba tan entusiasta que siempre acababa por convencerle.

-    ¿Hoy no viene su amiga, señora Eva?
-    Es extraño, ya debería estar aquí…

Mario, el camarero venezolano, se estaba convirtiendo en la primera fase del ritual de los viernes. Marina y ella llevaban meses quedando en el mismo café y Mario, siempre tan servicial, les ofrecía un poco de conversación… “¡Qué guapa viene hoy señora Marina!” “Le sienta bien el color rosa señora Eva…” “¿Por dónde irán de compras esta mañana?” “¿Quieren que les preste un paraguas?”… Mario resultaba muy halagador y Eva sabía cuál era su secreto: se fijaba en los detalles. Apreciaba sutiles cortes de pelo, pequeños cambios en el tono del pintalabios y los centímetros de más que probaba a llevar en sus tacones. A sus 49 años de edad, Eva sabía lo poco habitual que era encontrar un hombre como él, un hombre que se fijase en los detalles y, la verdad, no había mejor manera de empezar un tour de compras que sintiendo la admiración de un chico joven…

-    ¿Ha intentado llamarle? Igual le ha pasado algo…
-    Yo no tengo móvil, Mario, tanta tecnología no es para mí.
-    Pues le salva a uno la vida… Fíjese, si tuviera un celular, podría saber dónde está la señora ahorita mismo.
-    Sí, quizá.

Eva estaba empezando a impacientarse, así que dejó una nota en el bar por si aparecía Marina y se largó de allí.
Ya en el exterior, miraba hacia las Ramblas mientras se colocaba sus grandes gafas de sol. Sólo faltaban dos semanas para su cumpleaños y tal vez era un buen momento para comprarse el regalo. Empezó a andar…

El autorregalo era la forma que había encontrado para encarar el solitario 23 de octubre con un poco más de alegría. Como si se tratase de los Reyes Magos, la noche anterior colocaba el paquete sobre la mesa del comedor y esperaba a la mañana siguiente. Era una delicia levantarse, preparase el desayuno y abrir con cuidado el envoltorio sabiendo que a partir de ese momento podría disfrutar de aquel maravilloso objeto. Eso sí, debía ajustarse a una serie de reglas: tenía que ser caro, tenía que ser algo que no se compraría cualquier otro día y debía tener cierto aire de glamour.

Eva iba caminando entre las callejuelas del Born recordando lo que se había autorregalado los años anteriores: un anillo de diamantes de los años 20, un cachorro de pastor australiano que bautizó con el nombre de Ausie, un abono para el Liceo y un chal bordado a mano que sólo se ponía en ocasiones especiales. Pero este año no tenía ni idea… ¡Iba a cumplir 50 años y no sabía qué comprar!

De repente, un escaparate le llamó la atención. En un pedestal, presentado como un gran objeto de deseo, había uno de esos elegantes teléfonos con una manzana plateada en el dorso. Eva se quedó mirándolo ensimismada. ¡Qué lejos estaba ella de aquel objeto! ¡Cuántas veces lo había rechazado, cuánto se había negado a adentrarse en ese mundo tecnológico que ahora estaba por todas partes! No conocía a nadie como ella… a nadie que no tuviese teléfono móvil. Pero ese rasgo que hasta entonces le había hecho sentirse diferente… sexy, ahora le estaba hundiendo en sus arrugas, haciéndole sentir vieja, carca y fuera de juego.

A través de un impulso descontrolado entró en la tienda y se compró el maldito aparato. El encargado estuvo casi tres cuartos de hora hablándole de todo tipo de aplicaciones e instalándole aquellas que no-le-podían-faltar: una para chatear, otra para encontrar cualquier cosa que se hallara a su alrededor, otra para llamar gratis, otra para hacer fotos con un look antiguo… Eva sólo pretendía utilizarlo para llamar y mandar mensajes pero, aún así, trató de captar al máximo lo que le explicaba aquel encargado. ¡No quería llevar encima un trasto como ése y parecer idiota por no saber cómo usarlo!

Al llegar a casa, Eva se dedicó a traspasar todos los contactos acumulados durante años en una polvorienta agenda de papel a aquella máquina de pantalla táctil. Acto seguido, les envió a todos un mensaje diciéndoles que era Eva Beltrán y ése su nuevo número de teléfono.

Pues sí… Ella era Eva Beltrán a punto de cumplir los 50… ¡Un chollo de mujer!, se recriminó mirándose en el espejo. Nunca había sentido la carga de la edad hasta ese momento. Siempre se había considerado una persona feliz y, lo más importante, joven de espíritu. Quería seguir viajando, conociendo nueva gente, disfrutando de las mañanas soleadas y los baños fríos en la Barceloneta en pleno mes de octubre. Sin duda, era una mujer activa y optimista y, tal vez por eso, solía rodearse de personas más jóvenes que ella… Como Marina. Eva volvió la vista hacia su nuevo teléfono inteligente. Era muy extraño que su amiga no hubiese dicho nada todavía. Probó a llamarle desde el móvil… En el fondo, le hacía ilusión estrenarlo.

Eva pulsó el contacto de Marina, se llevó el móvil a la oreja y volvió a mirarse al espejo. Por un instante, sintió que aquel gesto le quitaba 15 años de encima… El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura en estos momentos. Por favor, inténtelo de nuevo más tarde. ¡Tanta historia para esto! Eva estaba traicionando las reglas de su cumpleaños y, encima, no estaba consiguiendo nada, así que metió el móvil en su caja, lo envolvió con papel de flores y lo guardó en la mesilla de noche donde debía permanecer hasta el 23 de octubre.

Pasó toda la tarde pendiente de Marina. Le llamó una y otra vez al móvil y a casa, a casa y al móvil… Pero nadie contestaba al otro lado. Eva estaba realmente preocupada pero no sabía qué más podía hacer… no conocía a ningún familiar ni amigo así que, al caer la noche, se acostó e intentó descansar.

Ti-ru-ri. Eva estaba completamente dormida. Ti-ru-ri. Pero algo sonaba… ¿Provenía de sus sueños? Ti-ru-ri. No, venía de dentro de la habitación. Eva abrió lo ojos. Ti-ru-ri. Estaba sonando su nuevo móvil… ¡Cómo había sido tan tonta de guardarlo encendido! Ti-ru-ri. Sacó el paquete del cajón de la mesilla… Vibraba… Ti-ru-ri. No quería abrir el regalo y saltarse todo el ritual que había preparado para dar la bienvenida a los 50… Ti-ru-ri. El móvil no dejaba de sonar y tal vez se trataba de Marina… Sí, tenía que ser Marina. Eva rompió con ansiedad el papel de flores, extrajo el teléfono pero cuando quiso contestar vio que nadie le estaba llamando. Ti-ru-ri.

El teléfono se iluminó y en la pantalla apareció un mensaje. “alejandro @ Te echo de menos: Si pudiera verte otra vez…” Eva no entendía absolutamente nada. ¿Alejandro? ¿Alejandro, su ex? ¿Lo estaba viendo bien? Ti-ru-ri. “alejandro @ Te echo de menos: Siento ser tan directo, espero que no te moleste” ¿Directo? Pero… ¿desde dónde le estaba escribiendo? ¿Qué botón tenía que apretar? Eva se estaba poniendo demasiado nerviosa. Dejó el móvil en la cama y fue a lavarse la cara con agua fría. Lo oía sonar una y otra vez.

Eva buscó en la mesilla de noche y por fin encontró las gafas. Ti-ru-ri. “alejandro @ Te echo de menos: Por favor, cuando leas esto dime algo.” Sentada en la cama, con las lentes apoyadas en la punta de la nariz, Eva se debatía con el móvil intentando, de una vez por todas, doblegarlo según su voluntad. Finalmente, encontró la manera de desbloquear el aparato. Luego buscó entre los iconos que aparecían en la pantalla, abriéndolos de uno en uno, y al fin halló el que buscaba… WhatsApp. Sólo entonces pudo leer todo lo que Alejandro, su ex, le había escrito.

Hola Eva. ¡Cuánto tiempo!
¿Te acuerdas de mí? Espero que sí, que no te hayas olvidado
Yo no me olvido de ti
Tengo que decírtelo: pienso mucho en tu
En ti, quería decir.
Pienso cada día
Si pudiera verte otra vez…
Siento ser tan directo, espero que no te moleste.
Es la edad…
No tengo mucho tiempo para andar perdiéndolo ;)
Por eso quiero verte lo antes posible.
Por favor, cuando leas esto dime algo.

Alejandro aparecía en la noche como un fantasma… Eva se sentía agotada, incapaz de soportar semejante retahíla de sinceridad digital fuera de tiempo. Habían pasado 6 años desde que se vieron por última vez… la última noche que hicieron el amor… Habían roto por él y por otra mujer… otra mujer que se había colado entre los dos. Eva había dicho que no quería una relación de tres y Alejandro y ella no se habían vuelto a ver nunca más. Ahora aparecía en la oscuridad para perturbar su sueño.

Ausie le despertó a las 6 de la mañana lamiéndole la cara. Había dormido fatal y se sentía muy cansada, pero le esperaba un intenso día por delante y no pensaba desperdiciarlo. Eva dedicaba los sábados a una de sus mayores pasiones… navegar. Tenía un pequeño barquito, lo justo para ella y para aquellos que invitaba cuando se atrevía a proponer “algo íntimo”. Pero aquel sábado saldría sola, lo necesitaba. Desayunó, preparó las dos bolsas de rigor y, después de dudar unos segundos, cogió el móvil para estar disponible si llamaba Marina. Se estaba cargando el ritual que tanto agradecía el día de su cumpleaños pero consideró que, dadas las circunstancias, Marina era más importante.

Aquel sábado amaneció precioso y Eva se sentía feliz… Ausie y ella, solos en el mar… no podía pedirle más a la vida, tenía lo que siempre había soñado: paz.

Eva iba sintiendo la velocidad con el vaivén del barco cuando sonó el móvil. ¡Marina! ¡Ya se le había olvidado! Tardó unos segundos en reducir la marcha y apagar el motor. Cuando quiso contestar, el móvil dejó de sonar. Sí, era ella. Eva marcó su número e intentó devolverle la llamada, pero el móvil de Marina comunicaba. Eva lo intentó en vano varias veces hasta que, resignada, se sentó en cubierta a tomar el sol. El tiempo pasaba mucho más despacio en alta mar… pensó. De repente, el móvil volvió a sonar. No era Marina, esta vez se trataba de su hermano Juan.

-    Hola. (…) Sí, tengo móvil. (…) No, no puedo ir a por mamá, he salido a navegar. (…) Te tocaba a ti Juan, no me vengas con esas. (…) A ti no te parece importante pero para mí sí lo es, necesito estar tranquila y sola. (…) Juan, te voy a colgar… (…) Te cuelgo, te cuelgo Juan. Adiós.

Lo que más rabia le daba a Eva era que su hermano le tachase de egoísta. Ella cuidaba de su madre de lunes a jueves y Juan de viernes a domingo. La mayoría de fines de semana, como este mismo, a Juan se le presentaban cosas más importantes que hacer y acababa dejando a su madre sola en la residencia. ¡Y encima le tachaba de egoísta! 

Ti-ru-ri. Agotada, Eva sacó las gafas de la bolsa y leyó el mensaje. “alejandro @ Te echo de menos: ¿por qué no dices nada?”  

Se encontraba a 5 millas de la costa, sola en mitad de una inmensa balsa azul y el fantasma de su ex le recriminaba su silencio. 

Ti-ru-ri. “alejandro @ Te echo de menos: ¿Todavía me culpas?”

-    ¡Oh, por favor, no me vengas con sandeces! – lo había dicho en voz alta sin darse cuenta.

“alejandro @ Te echo de menos: Si hubieses sido más comprensiva y más atenta, te habrías dado cuenta de que lo nuestro podía haber tenido algún futuro…” 

Si hubieses, si hubieses… Renegó Eva para sus adentros… 

“alejandro @ Te echo de menos: supongo que estás ahí pero no quieres hablarme” 

Eva empezó a buscar desesperadamente un cigarrillo por todos los rincones del barco. 

“alejandro @ Te echo de menos: aún recuerdo tus ojos verdes…”

Eva no daba crédito… Desde luego, si fuese como Mario, el camarero venezolano… ¡sabría que los tenía marrones! Por fin encontró el paquete.


Ti-ru-ri. Eva miró la pantalla de reojo mientras se encendía el camel. “alejandro @ Te echo de menos: no vas a contestar?”


Eva expulsó el humo como si le estuviese quemando por dentro.


“alejandro @ Te echo de menos: ¿No vas a contestar? Es igual, no hace falta que nos volvamos a ver. Puedes seguir sola y amargada.”


Eva soltó una carcajada de indignación e incredulidad…¡Ja! Sola y amargada… ¿De dónde había sacado su ex aquella idea? En primer lugar: ¿cómo sabía que estaba sola? Y en segundo: ¿por qué cometía el error de creer que estaba amargada? ¿O tal vez lo estaba? ¿Lo estaba?


Ausie le sacó de la nebulosa de pensamientos que empezaba a formarse en su cabeza acercándole una salchicha de juguete con la boca. ¡Venga, a navegar! Eva se sentía decidida a no prestar atención a su ex, iba a borrarlo de su mente, a disfrutar del día. Encendió el motor del barco y lo puso en marcha. Ausie, en proa, se dejaba acariciar por el aire salado del mar. Eva cerró los ojos y llenó todo lo que pudo sus pulmones… Cuando llegasen a la altura de Calella se darían un baño… Sí… Estaba sola pero no amargada. Nunca lo había estado, ella sabía disfrutar de la soledad, era lo que había elegido, lo que realmente deseaba en su vida. El fantasma de su ex no lograría hacerla titubear… Aquél maldito aparato… Eva sonrió para sí… ¡No lo necesitaba! ¡No lo quería! ¡Era más libre sin él! Eva agarró el móvil, dispuesta a tirarlo al mar, cuando volvió a sonar. 


-    ¿Sí? (…) Sí, soy yo. (…) ¿Cómo? (…) De acuerdo, lo siento muchísimo. (…) Le he estado llamando… (…) Sí, sí, claro… ¿El tanatorio de Les Corts? (…) Sí, claro, allí estaré. Hasta mañana.

Eva tuvo que sentarse para que las piernas no le fallasen. Con 20 años menos que ella, Marina lo había perdido todo. Probablemente, pensó, mientras ella se compraba aquel maldito aparato, su amiga salía sin mirar al asfalto de la Gran Vía… Como si le estuviese cayendo un rayo, Eva visualizó a Marina corriendo para llegar a su cita… una cita a la que llegaba tarde… una cita con ella, Eva, una mujer a punto de los 50 que se resistía a comprar un móvil para sentirse diferente… sexy. A Eva le ardía el cuerpo ante la evidencia….Si en aquel momento hubiese tenido el teléfono, Marina le habría podido avisar… Entonces habría caminado con más calma… la suficiente para mirar a la izquierda antes de cruzar.

 

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